domingo, 29 de noviembre de 2009

La cata del loco (versión 1) y tercer Premio de Érase una vez el vino


Un loco se ha escapado de un manicomio. En su deambular sin rumbo entra en un local. Se celebra allí un concurso de catadores de vino, grandiosa casualidad teniendo en cuenta que él ya ejerciera esta profesión en otra vida anterior.
Porque, efectivamente, Marcos recuerda todas y cada una de sus vidas anteriores, profesiones, amores, amantes, incluso perfumes, y eso es algo que la gente nunca ha soportado, quizás por envidia, quizás por pánico a lo desconocido, pero que ha acabado por encerrarle a él y a sus maravillosas historias bajo los techos fríos de aquella cárcel demente.
De hecho recuerda perfectamente el día que entró en aquel inhóspito lugar, cuando aquel estúpido juez no creyó que, a pesar del fatal desenlace, hubiera intentado de las únicas mil y una formas posibles salvar la vida a aquella mujer, algo lógico teniendo en cuenta que ya pronunciara su juramento hipocrático unos pocos cientos de años atrás y que era la única persona capacitada en aquellos instantes para atenderla.
Pues no, aquel letrado no creyó que fuera médico, ni tan siquiera cuando explicó a todos los presentes los primeros auxilios ofrecidos a la víctima, incluida traqueotomía, y que, por un error impredecible, acabaron con su vida.
Valiente imbécil, lo único que supo hacer fue mandarle a aquel maldito manicomio del que, gracias a sus habilidades como ladrón y trapecista (profesiones a las que dedicó alrededor de treinta y tantos años allá por el XIX) había conseguido escapar sin problema alguno.
Y ahora estaba allí, dispuesto a mostrar sus capacidades ante aquella pandilla de catadores ineptos que, aún sin presentaciones previas y motivos ausentes, no le merecían ningún tipo de respeto.
Cuando llegó su turno agarró la copa con delicadeza, como nadie excepto él sabía hacerlo, contorneándola, moviendo el líquido a uno y otro lado y dejándose envolver por los recuerdos pasados. Olió su contenido, embriagándose, empapándose de matices y cerrando los ojos para no vislumbrar los rostros idiotas que a su alrededor se congregaban expectantes.
Y bebió un sorbo de aquella gigantesca copa.
Cuando, por fin, el público presente guardó silencio, el veredicto de Marcos resonó por cada resquicio de aquel local.
¡Esta Coca Cola sabe a mosto barato!

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La cata del loco (versión 2)


Un loco se ha escapado de un manicomio. En su deambular sin rumbo entra en un local. Se celebra allí un concurso de catadores de vino.A pesar de su particular aspecto, con un sobretodo gris y el cabello largo y suelto, no llama la atención de los que allí estaban. Camina con elegancia y tranquilidad, las manos a la espalda, girando levemente la cabeza frente a cada copa, los ojos entrecerrados y aspirando entrecortadamente a cada paso. Mientras, susurra como un entendido – Espectacular.., cuadrado, multicolor …- y una serie de epítetos que desconcierta hasta al más experto de los catadores.Los concurrentes lo miran asombrados, en particular cuando se enfrenta a los productos de la bodega promotora del concurso, y llora desconsolado diciendo – Inadmisible…, bazofia…, pecado. – Los allí reunidos, empiezan a mirar las cosas de otro modo. ¿Será posible que ese “Tanat” que tanto promocionan, y que tanto sale sea sólo un fraude? La duda queda flotando en el aire, mientras el loco previo ocultar un objeto en su bolsillo, se aleja a paso firme por la puerta principal.Todos miran con furia suspicaz a los catadores, que amilanados por la multitud, catalogan como el mejor vino unánimemente a un modesto Albariño que parecía haber sido alabado en primera instancia por el loco.Fuera, el loco saca su trofeo, una sucia servilleta de papel, mientras susurra acercándola a su nariz - Espectacular.., cuadrado, multicolor …-

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La cata del loco (versión 3)


Un loco se ha escapado de un manicomio. En su deambular sin rumbo entra en un local. Se celebra allí un concurso de catadores de vino. Dionisio es su nombre y sin embargo, su aspecto, tan pulcro que nadie sospecha de su condición. Después de todo, aquel hombre se había vuelto loco, completamente, por intentar armar una colección de vinos mimados de las más relevantes bodegas del mundo. ¡Tamaña empresa! Así fue que parientes, amigos, vecinos o conocidos, que viajaran a algún país con buenas bodegas, tenían el encargo, insalvable, de traer unas botellas de los mejores vinos. Más allá de que no había podido realizar estudios, es un excelente catador, un gran lector sobre bibliografía especializada, además de un viajero empedernido. Conoce así de regiones y sus respectivos vinos como el mejor experto y su opinión es tenida en cuenta, aún por los profesionales, que lo respetan como a un par. Un hecho accidental provocó un incendio que destruyó su casa en las colinas, y a pesar de sus vanos intentos por salvar del fuego algunas botellas, la preciosa colección quedó destruida bajo los escombros del techo de vigas y tejas. Cientos de botellas quedaron reducidas a una montaña de vidrios, derramando su apreciado contenido sobre el piso de lajas, evaporándose así en un instante. Nada quedó de semejante esfuerzo y dedicación de años y años, de vinos cuidados como joyas de un tesoro, reservado para las mejores ocasiones entre un cerrado círculo de amigos. Amigos que como Dionisio, son amantes exigentes del buen vino, con paladares entrenados y refinados. Nuestro loco, que en un descuido de la guardia del manicomio, había podido escapar y adentrarse en la cosmopolita ciudad, caminó y caminó. Yendo por una de las calles céntricas descubre así el local en el que se realiza el concurso a cargo de un jurado de expertos nacionales y extranjeros. Como si hubiera sido guiado instintivamente por el olfato, ingresa al local, con tanta resolución y tal prestancia, que nada le impide anotarse en la lista de los concursantes para, finalmente, poder participar. Hay en su mirada un cierto brillo de locura, una cierta fijación en las copas de cristal que emanan su variedad de rojos intensos, brillantes o perlados, o en el ámbar de los blancos transparentes. Una mirada que sólo podría ser detectada por otro tipo de conocedor, de experto, en este caso, en psiquiatría. Como sea que fuere, nadie lo nota, y enseguida se lo ve con un gran número colgándole de su solapa. Junto con el resto de los concursantes, frente a unas largas mesas con manteles blancos hasta el piso, los asistentes llenan copas de vino desde botellas envueltas en pulcras servilletas. El concurso consiste en acertar el tipo de vino, la descripción de sus características, marca y bodega de origen. Un abanico de vinos provenientes de todas partes del mundo, lo cual hace enormemente compleja y difícil la respuesta. Los participantes, consumados expertos, son doce, Dionisio incluido y el premio tan importante como la exigencia misma del concurso. Una copa tras otra, cual un experto catador, nuestro ya querido loco, va acertando con la más absoluta precisión, frente a la mirada asombrada del público, la atenta del jurado y la desconcertada de los participantes, que poco a poco, van siendo descalificados. La final, reñidísima, es con otro loco por el vino como él, pero en la copa definitoria Dionisio logra vencerlo. El premio es un viaje por varias bodegas repartidas entre Europa, Norte y Sudamérica. Cuando un miembro del jurado le pregunta como es que sabe tanto de vinos, Dionisio responde con infinita tristeza: -“Amé locamente a una mujer que me enseñó a descubrir el vino. Cibeles murió, y mi amada colección de vinos se fue tras ella”.

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La cata del loco (versión 4)


Un loco se ha escapado de un manicomio. En su deambular sin rumbo entra en un local. Se celebra allí un concurso de catadores de vino que esperan serenamente el inicio de la liturgia. Casi nadie –embelesados en la cata- toma en cuenta su entrada, su indumentaria desaliñada, sus ojos negros, abiertos de par en par, fijos en las mesas y clavados en el vacío, sus gestos nerviosos y sus manos, finas y largas, pero temblorosas.
Observa el rito, acercado a los oficiantes, en el sancta sanctórum de la amplia y hermosa bodega. Le tiemblan los pulsos y le castañean los labios cuando el capataz mayor va escanciando –con la parsimonia de los grandes momentos- distintos vinos en el vientre fino de las copas, que él, por sus adentros, define como pequeñas cataratas de dioses que habrán de regar los surcos del alma y de la vida en una magia, única y precisa.
Sus ojos, aún más nerviosos, parecen enredarse con la cata visual, como si ellos quisieran adivinar, antes que nadie, sobre el fondo blanco de la cal, y alzando la copa como un cáliz, el hermosísimo color de rubí antiguo, su transparencia, su limpidez de cuerpo, su intensidad y armonía, su fluidez y hasta su sonoridad, su brillantez nítida y su intensidad, como si el vino, a través de los ojos, fuese un parto al que hay que cuidar con todos los sentidos.
Afila su nariz para el segundo paso, como hacen los competidores. Aspira el aire, sin copa de por medio. Cierra los ojos y se prepara para poner a prueba el sentido más importante y grandioso de la cata: el olfato. Vienen a su pituitaria añejos tiempos y cruzan por su mente los volátiles olorosos, los aromas evolutivos, los olores a bálsamo o madera, almendra, espliego, orégano o mejorana…
Una luz acuosa le destella en las pupilas mientras aprieta los dientes y se hacen bruscas las comisuras de sus labios. Nadie lo mira, todos están abstraídos en el mecanismo paciente de los catadores que han iniciado la fase olfativa. Tampoco él mira a nadie, su vista se fija, solamente, en los cinco cristales alineados con el protocolo de la sabiduría.
No tiene una copa llena en la mano, no la pide, no la quiere. Se la imagina asida entre sus dedos delicados para iniciar la cata gustativa, inclinándola levemente a la lengua, sintiendo la percepción de los aromas a través del gusto, paladeando en pocos segundos un auténtico manantial de sabores.
En un momento arquea el brazo con fuerza y hace un gesto brutal estallando su copa imaginaria contra el suelo. Algunas miradas ya siguen sus gestos y, poco a poco, los presentes, con el morse señalético de los codos, corren el aviso de la presencia de tan extravagante personaje. Las miradas abandonan las mesas de los catadores y van directas a los ojos y al cuerpo enjuto del hombre. A grandes zancadas, y con los brazos aspeando como un actor hace en los ensayos, se dirige a la puerta mientras declama a voces un rubaiyat del poeta persa Omar Kheyyam: -Cuando el dolor te doble, cuando agotes tu llanto, recuerda aquellas gotas que tras la lluvia brillan en las hojas. Y cuando te irrite el día y quieras noche eterna, no olvides el despertar de un niño.
Él no había podido despertarlo el día que, en el fondo de uno de los odres de fermentación de su bodega, vacío para la limpia, su único hijo yacía, boca abajo y envuelto en sangre, por el golpe y la asfixia de los gases.

La cata del loco (versión 5)


Un loco se ha escapado de un manicomio. En su deambular sin rumbo entra en un local. Se celebra allí un concurso de catadores de vino, entre los que se introduce. Mientras los congregados hablan amistosamente, esperando con impaciencia que la cata dé comienzo, y puedan saborear los deliciosos caldos.
Aterrado, observa como en el local se introducen varios miembros de seguridad del psiquiátrico. Alguien puede haberle reconocido entrando en el local y le ha podido avisar. Así las cosas, decide que la mejor manera de pasar inadvertido es convirtiéndose en el centro de atención. A fin de cuentas, ha leído infinidad de opiniones sobre vinos. Incluso en cierta ocasión, mientras realizaba en tren el trayecto entre Burgos y Zaragoza, creyó ver la fachada de una bodega, en su fugaz paso por Haro.
Se colocó junto a una de las mesas dispuestas para la cata, alzó una copa tan alto como pudo, y cuando los presentes volcaron sobre él sus miradas y guardaron silencio, comenzó a recitar con solemnidad.
- Estimados amigos todos. Mi nombre es Don Ceferino Martín Bobadilla, uno de los más grandes catadores. El que mi nombre les pueda resultar desconocido, se debe a que mi fino paladar y mi exigente, amén de picuda, nariz, han estado al servicio de los más grandes sátrapas extranjeros. Dichos sátrapas viven en el extranjero tal y como indica su condición, que para que ustedes la ubiquen con mayor o menor exactitud, es de los Pirineos hacia arriba.
Ya nadie en el local hacía otra cosa, que no fuera prestar atención al insólito catador. Mientras tanto, este bebía una copa tras otra. Incluso la seguridad del cercano psiquiátrico, había abandonado aparentemente la búsqueda y ahora, prestaban atención a los veredictos del que otrora fuera inquilino de su institución mental.
Éste, había llegado ya a la última copa de la mesa. Tal y como había hecho con las trece anteriores, la alzó para después verter el contenido por entero en su boca. Agitó la cabeza con moderada violencia, y dejó pasar el trago, mientras buscaba cerrando lo ojos, los adjetivos que mejor definieran la recién ingerida cata.
- Sinceramente y aunque me apene así dictarlo, no se trata de un buen vino, a diferencia de todos los anteriores. Le sobra cuerpo, demasiado ácido y apenas se aprecia su paso por barrica en la textura. Puede que peque de exigente, pues sé que lo soy, pero no es éste un vino a la altura de mi elitista paladar.
Y sin más preámbulos, esperando que hayan disfrutado de mi notoria sabiduría, me voy. – Se despidió dejando la copa vacía sobre la mesa y avanzando raudo hacia la salida
Antes de que lograra salir empero, la seguridad del psiquiátrico cayó sobre él, agarrándole con fuerza y conduciéndole a un furgón, donde le aguardaba el director de la institución. Durante su cata, le había visto entre los congregados, pero no llegaba a comprender cómo había descubierto el engaño. Así que antes de ser introducido en el vehículo, se resistió lo justo para poder dirigirse al director.
- Dígame señor director, ¿Cómo ha logrado descubrirme habiendo dictado tan profesionales comentarios?
- Pues verá mi buen amigo. Ya de primera obviaremos que se presentó con su nombre y apellidos reales, que aún lleva puesta la camisa del psiquiátrico y que va desnudo de cintura para abajo. Pero es que además ha realizado una my profesional cata, de las copas de agua que los participantes emplean entre cata y cata. ¿Le parece suficiente?
- Suficiente – respondió –. Pero he de añadir que era un agua deliciosa
- No lo dudo – le atajó el director
El ya apresado loco, se sentó en el interior y frunció el ceño. Hubiera jurado que se trataba de excelentes crianzas.

La cata del loco (versión 6)


Un loco se ha escapado de un manicomio. En su deambular sin rumbo entra en un local. Se celebra allí un concurso de catadores de vino… Al ver la tarea metódica de los presentes inclinó su cabeza buscando comprender, en medio de su deriva mental, lo que allí sucedía. Se decidió a camuflarse entre los catadores imitándolos, sin embargo sus acciones irregulares llamaron la atención de quienes lo rodeaban. Conforme los caldos tomaban complejidad, su mente se enredaba con ansioso entusiasmo; se frotaba las manos y anotaba incoherencias en las fichas de cata. A estas alturas ya los asistentes estaban estupefactos, su concentración se fijaba ahora en el desconocido inoportuno.
El loco abstraído de la reacción que causaba en los demás, sacó la nariz de la última copa, su cara sostenía una mueca de satisfacción, se dispuso a recorrer el salón metiendo la nariz en la copa de cada uno de los demás catadores con la torpe inocencia que tendría un niño descubriendo el mundo.
Una vez terminada la ronda de intrusión en copas ajenas, volvió a la que creía era la suya y anotó con toda propiedad una frase contundente en la ficha de cata: “Encontré el elixir de la eterna juventud”. Evidenciando así la razón de su locura y de su incesante búsqueda. Envolvió la hoja y la metió en su bolsillo.
Acto seguido emprendió el recorrido que según él, lo llevaría a la fuente de ese elixir. Comenzó por entre licoreras llevándose consigo una que otra botella que rápidamente tiraba. Dio giros y recorrió buenos trechos toda la tarde junto con la noche y el amanecer, y así un par de días más de manera desenfrenada.
Habrá sido la luna, que sabe cuidar a sus locos, habrá sido el olfato o quizás un golpe de suerte el que lo dejaría tendido bajo ese árbol, en la madrugada del tercer día de su fuga, con una botella vacía de un vino cualquier. El rocío y el trinar de los pájaros lo despertaron y como la ilusión más lúcida de su malograda cabeza, frente a él se encontraban hileras de vides que dejaban entrever la bodega en el fondo. No había nadie a su alrededor, tan sólo él y su camino directo a la fuente de su elixir.
Se escabulló sin mayor problema en el edificio, dio tumbos por varios rincones, tomó cualquier corcho de una canasta que se encontraba dispuesta para la labor que comenzaría en un par de horas. Caminó hasta la cava de los vinos más selectos de la bodega donde se encontraban los tesoros de viejas añadas. Sorprendió en ella al enólogo que acostumbraba a llegar con el alba y no pudiendo verlo de forma distinta a un obstáculo en su propósito de vida, poseer el elixir de la eterna juventud, se abalanzó sobre él. Forcejearon mutuamente, uno atacando, el otro defendiéndose, un peleando por vivir eternamente, el otro protegiendo aquello por lo que siempre había vivido. El loco tomó una botella legendaria y la estalló en la cabeza del desafortunado enólogo dejándolo tendido. Vio lo que creyó era su elixir difundirse sobre el piso, entremezclándose con la sangre que brotaba de la cabeza de su víctima y lanzándose angustiosamente al suelo, bebió, entre vidrios y destrozos, cada gota que puedo.
Antes de escapar introdujo afanosamente la ficha de cata con aquella anotación en la botella que de otro lugar lo acompañaba, la tapó a medias con el corcho que había tomado y la acostó en el espacio vació de la botella de su elixir. Él sólo quería justificar sus actos. Se escabulló de la bodega tal como entró en ella y se perdió entre los viñedos para irse a vivir eternamente.

La cata del loco (versión 7)


Un loco se ha escapado de un manicomio. En su deambular sin rumbo entra en un local. Se celebra allí un concurso de catadores de vino. Sin que nadie note su presencia, se queda observando a toda la gente que conversa distendida… y se le ocurre una idea.
Sale del local, camina hasta encontrar un negocio de ropa de primera marca y cuando ingresa, mira con ojos desorbitados a la vendedora.
- Estoy loco. Acabo de escapar de un manicomio. Te conviene no traerme problemas.
Ella tiembla. Sabe que un demente puede ser muy peligroso. El loco encierra a la vendedora en el toilette. Echa un vistazo a los precios de todos los trajes, y se calza el más costoso. Se mira en un espejo, se acomoda el pelo. Ahora sí está conforme. Parece una persona “normal”. Nadie podría pensar que es un loco.
Regresa al local. Apenas entra, estalla en un grito atroz.
- ¡¡¡Cuidado!!! ¡¡¡No beban de ese vino!!! Está envenenado y quien beba de él, morirá al instante. Mi nombre es Miguel Pérez Uriburu, abogado penalista. Estoy iniciando una demanda contra este negocio por dar a probar vinos adulterados.
Todos los presentes quedan impactados. Hasta que uno de los catadores, se anima a hablar.
- Lo que usted dice es una locura.
- Pruébelo y verá.
- Por supuesto que lo haré.
El hombre prueba el vino con una sonrisa irónica en los labios… y muere en el preciso momento en que la última gota llega a su garganta.
Lo que sigue, es una mezcla de caos, gritos, llantos. Algunos quieren escapar, pero el loco cierra las puertas con llave.
- Nadie se irá, hasta que llegue la policía. Y espero que ahora me crean. Porque ese no es el único vino embrujado.
Toma otra de las botellas. La exhibe.
- Quien beba de ese vino se enamorará perdidamente. Y su amor será eterno.
Una de las mujeres, la que parece más fría y desconfiada, le arranca la botella de las manos, bebe el vino y cae rendida a los pies de su acompañante.
- Ámame hasta que la muerte nos separe. Y ámame aún después de muerta, si es posible. – murmura.
El loco muestra la última de las botellas.
- Este es el vino por el que inicié la demanda. Quien lo beba, tendrá la suerte de los Dioses de su lado. El dinero llegará a sus manos abruptamente, es más, inmediatamente después de tomarlo, deberá volver a su casa y encontrará un arcón repleto de dinero enterrado en el jardín.
Todos los que están allí, se desesperan por beber. Agotan el contenido de la botella en un minuto. El loco abre la puerta… Y ellos salen como rayos a sus casas.
El loco queda solo. Sonríe. Abre la botella que contiene el vino más exclusivo. Sirve una copa mientras piensa en voz alta:
- Qué vino exquisito… En fin… La gente le cree a un loco de doble apellido vestido con un traje caro. Así funciona este mundo…

La cata del loco (versión 8)


Un loco se ha escapado de un manicomio .En su deambular sin rumbo entra en un local. Se celebra allí un concurso de catadores de vino… Mira asombrado a la multitud y de repente saca una pistola de su bolsillo. Todos gritan asustados y buscan el primer teléfono que se encuentren en el local… El extraño individuo no para de apuntar a todo el mundo y decir… Loco: -El que se mueva lo mato..y esto no es una broma..lo mato ...vamos que si lo mato. Prosigue su monólogo diciendo : Loco: -¿Saben ustedes lo que es un….Vidaurrousas? -Es el vino más caro del mundo (añade). Solo Andreu un señor mayor encargado de la bodega del lugar se arma de valor para evaluar la situación. Andreu: -Mi nombre es Andreu ,no dispare, y soy el sommelier encargado de las bodegas . Yo me comprometo con usted para hacer un trato... Loco: -¿Un trato? (se mofa soltando una estruendosa carcajada). -Con quien quiero hablar es con el dueño del lugar (añadió violentamente). Andreu el sommelier, corre escaleras arriba de la finca para encontrar al Sr. Gutiérrez dueño de la bodega y posible causante del enfado del perturbado. Andreu: -Gracias a Dios que le encuentro Sr. Gutiérrez …abajo… abajo…( se le entrecorta la respiración) hay un loco que dice que quiere hablar con usted…está armado y tiene intención de dispararnos a todos. Bajan por las escaleras como alma que lleva al diablo y se disponen a hablar con el loco. Gutiérrez: -Buenas tardes, soy Gutiérrez el encargado responsable de esta bodega. Loco: -Quiero hablar con usted muy seriamente. -Ayer Lunes se publicó un artículo en “La Guía del Vino XL”,( ya sabe esa que solo leen los adinerados de la zona), como decía han inventado ustedes una nueva formula de vino transparente sin ningún sabor ,aroma, ni siquiera textura .Y eso es imposible, ¿como me demuestra usted a mi que estoy bebiendo vino , y que encima sigue manteniendo su contenido en alcohol ? Gutiérrez: -Sí ,así es, y eso solo demuestra que somos innovadores en nuestra empresa, pero no entiendo por que está usted haciendo todo este teatro ,¿por un nuevo vino?. Loco: -¡Cierre el pico! ,o los acribillo a todos..¿me ha entendido?. (Al guardar silencio, levanta la mano y hace un disparo de advertencia , dando lugar a que la lámpara de cristal se destroce contra el suelo). Loco: -Aquí ahora mando yo, ¡venga! todos los catadores presentados al concursillo este , en fila de a uno .¡VAMOS! Colocados ya en posición, les da a cada uno una copa del nuevo vino, exceptuando a un participante que traía la suya . Loco: -Ahora intercambien sus posiciones y yo reconoceré el vino de nueva creación. (Les pregunta las cualidades del elemento .Uno a uno guardan silencio sin saber que contestar). Loco: -¿No saben que decir? Pues yo les voy a contestar … -Se trata de un vino de valor incalculable, dadas sus extraños componentes. Eso me ofrece la información suficiente para evaluar que me encuentro ante una exquisitesen sin precedentes ,de color frío, textura plana y aroma cristalino. Con lo cual debo decir en honor a la realidad, que el vino que se encuentra en cuarto lugar es el vino escogido para su elaboración y comercialización. (Todos atónitos se miraron entre sí, ¿como era posible que un loco advirtiera de una forma tan clara y rotunda cual era el vino exacto?). Loco: -Ahora me iré y no me seguiréis a ninguna parte, de lo contrario ya saben lo que ocurrirá… -¡Ahhh! Supongo que me he ganado a pulso el premio…pero dadas las circunstancias lo pongo a disposición del fondo de investigación de la empresa. (Diciendo esto se marcha corriendo , y no deja huella tras de sí). Habían pasado ya tres horas del desagradable incidente, cuando el perturbado se esconde definitivamente en el portal de un enorme y lujoso edificio del centro .Abre la puerta de una de las habitaciones del ático y se despoja de sus ropas. El loco ríe sin descanso a solas y se comunica con recepción para hacer una llamada al exterior Loco: -Todo ha salido según lo previsto. -Ese asunto del loco que se escapó del manicomio nos ha facilitado el trabajo ,se lo han tragado. -Eres un tipo brillante Gutiérrez, recuérdame que no te tenga entre mis enemigos. Gutiérrez: -Déjate de halagos fáciles, te contraté porque sabía que eres el mejor actor de toda la comarca. Loco: -Bueno , querías encontrar al topo de tu certamen mandado por la competencia para robarte la formula magistral de tu vino, y te lo he servido en bandeja. -Se trata de Vázquez, le observé mientras se ponía en la cola de catadores y fue el único que no quería soltar el vino que llevaba desde un principio, eso me hizo ver que lo había robado de la bodega y por lo tanto no lo intercambiaría con el resto ,antes de la cata oficial. Gutiérrez: -Muy agudo ,sí señor. Espero verte pronto tomándonos juntos un buen vino. Loco: -Eso espero yo también, que disfrutes de tu nuevo vino.

La cata del loco (versión 9)


—Un loco se escapó de un manicomio —relata Anacleto mientras Marcelino descorcha la botella—. En su deambular sin rumbo entró en un local. Se celebraba allí un concurso de catadores de vino...
—¿Y tu hermana? —grita Justo cuando el corcho hace plop—. Ese chiste es muy viejo, tanto como tu bigote amarillento. Mejor prueba este vino.
—¡Salú! —gruñe Anacleto aprovechando la invitación y empina el codo. El caldo rojo espeso hace su magia y el hombre sonríe complacido. Entonces cae de bruces sobre la mesa de canapés, partiéndola por la mitad con toda su corpulencia en caída libre.Sus amigos, dos robustos comensales que se conocen desde la primaria hace casi sesenta años, se quedan como estatuas mientras su amigo cae en cámara lenta. Ninguno tiene la vitalidad ni los reflejos como para evitarlo. Anacleto cae y esos canapés no podrán ser rescatados del piso en esa habitación pobremente iluminada.—¿Se murió? —pregunta Justo, observando a su compadre Marcelino que busca el pulso al caído.—Parece que sí —Marcelino se persigna y regresa con Justo, que acaba de llenar su copa con el mismo vino que bebiera Anacleto. Extiende su copa para recibir el elixir, observando con inquietud las piernas robustas del ensamble incógnito.—Supongamos que fue este juguito de uva el que lo mató —dice Justo dándose palmadas en la barriga de tambor—. O trae cianuro o es el mejor vino que probó en su vida.—O le reventó un aneurisma —agrega Marcelino—. Pero prefiero creer que le dio un orgasmo espontáneo. ¿Qué sabemos de este vino?—Nada. Tanto la botella como el corcho carecen de marcas distinguibles. Sólo sabemos lo que nos dijo Anacleto, que la encontró en el sótano de su casa que lleva clausurado bastantes décadas desde el último aluvión. Cómo llegó allí, ni idea.
Se miran y arrugan la frente.
—Tengo una hija que pronto me dará otro nieto —dice Marcelino—. Mañana me pago en la caja de compensación. La vieja me va a preparar un estofado de conejo el próximo martes.
—Le debo plata a medio mundo y si me pasa algo —agrega Justo—, mis hijos tendrán que cargar con la deuda.
Las arrugas en sus frentes forman montículos que podrían convertirse en cordilleras si las siguen forzando. Levantan sus copas y huelen su contenido con sospecha. Las arrugas desaparecen con un suspiro.
—Qué diablos —dicen a coro—. ¡Salú!

La cata del loco (versión 10)


Un loco se ha escapado de un manicomio. En su deambular sin rumbo entra en un local. Se celebra allí un concurso de catadores de vino el cual está a minutos de comenzar.
El hombre, ingresa en forma resuelta y se ubica inmediatamente detrás de una de las mesas cubierta por un mantel blanco en la que hay una lámpara, un recipiente para descartar vinos y varias copas, altas, de cristal.
Con total desenvolvimiento se dirige a la concurrencia: -Señoras y Señores buenas tardes. Bienvenidos a este lugar. Mi nombre es Gregorio García Del Prado y soy el primer concursante de este certamen de catadores de vino que hoy a ustedes los convoca. Antes de proseguir quiero pedirles disculpas por mi apariencia, bastante andrajosa. Ocurre que, todo tiene su real dimensión y es premisa fundamental de esta bodega y de su dueño, recordarles que, como en todos los demás ordenes de la vida, aquí se impone mayor importancia al contenido que al envase-.

El dueño de la bodega, un señor de mediana estatura, ancho de cuerpo, con la piel de su face hidratada y brillante tanto como la redondez de su calvicie, de riguroso traje negro y camisa blanca, sin entender lo que sucede; sin salir de su asombro, permanece de pié, inmóvil, hipnotizado, en medio de los cuatro catadores de vino concursantes, seguido, a escasa distancia y en forma de semicírculo por las personas que actuaban de jurado.

Con la impronta de un poeta que no escatima en aplicar la belleza de los distintos recursos literarios, para que su obra resulte un hallazgo y trascienda al universo del arte escrito, Gregorio García Del Prado comenzó a desplegar su arte.

Haciendo alarde de sus habilidades, destrezas y conocimientos, tomó una botella de vino, le quitó el corcho, lo observó un buen rato con su mirada azul de mar en calma, luego volcó dos centímetros del líquido en una de las copas y les habló a los presentes del análisis sensorial de los vinos, les definió la cata comparativa, a ciegas, vertical y varietal. Les explicó la importancia que impone una buena apreciación visual, del color, del brillo, de la intensidad, también de la transparencia, de los aromas, frutales, florales, especiados, sobre la acidez, la astringencia y se explayó en su arenga con mayor ahínco sobre la materia, cuerpo y equilibrio. Cuestiones éstas que explicó con amplitud de criterio y sobrado entendimiento, hasta hacer comparaciones de circunstancias, sucesos, el hombre y la vida.

Por último, y para cerrar su presentación dijo: -el buen vino debe tener carácter y estilo diferenciado como lo tienen los manicomios alejados del mundo en medio de la nada.
Las uvas deben madurar al sol y el vino de debe añejar en la oscuridad de los sótanos de las bodegas.
Como las uvas y el buen vino, los locos, los dementes, los sin razón, los improductivos, los que por prejuicios nuestros semejantes nos restan atención, entibiamos nuestros cuerpos con el sol que llega a los patios y envejecemos en la penumbra de los cuartos cultivando en nuestras mentes lo que el hombre común ignora.

Los presentes, entre otros, hombres de negocios, empresarios, personalidades de los más grandes restaurantes y muchos dueños de costosas fincas, subyugados hasta en las fibras más intimas de sus propios yoes, por la vastedad de conocimientos, por la amplitud perceptiva del concursante, se muestran desordenados; en remolino, pujan entre los mejores precios para alzarse con el mayor surtido de vinos estacionados en el local, hasta agotar con sus pedidos, con sus demandas, todas las reservas de la bodega.

El dueño perplejo, sin salir de su arrobamiento, olvidó al resto de los concursantes, caminó unos pasos y oficiando de maestro de ceremonia, se acercó a Gregorio García Del Prado. Sin trastabillar su solemnidad, pero conservando lo mejor de su esencia humana, le tendió la mano y le entregó el trofeo, dispuesto para el concursante ganador, una copa con el logo serigrafiado de su bodega.

Así, en un eterno tiempo verbal presente, la más relevante, soberbia y significativa ceremonia, sin misterios y sin prejuicios mezquinos, queda gravada en el poblado de Rivera junto al nombre de Gregorio García Del Prado, el más solvente, experto y hábil catador de vinos que en años se halla conocido.

La cata del loco (versión 11)


Un loco se ha escapado de un manicomio. En su deambular sin rumbo, entra en un local. Se celebra allí un concurso de catadores de vino. Asombrado ante la reunión, por la presencia de un grupo, a su juicio, (¿juicio?) selecto de señores, su primera reacción fue la de observar las intervenciones. Representaban diversos lugares de Europa. Uno a uno, los contrincantes fueron libando y exponiendo sus opiniones. La labor del jurado sería difícil.
Se acercaba el final. Todo hacía parecer que el ganador sería un italiano que explicó todas las bondades de un vino llamado ES. Pero en el preciso momento en que el juez mayor pidió silencio, para dar a conocer el veredicto, el loco lo interrumpió abruptamente: Un momento... quiero hablarle a ese dizque ganador. Éste, que se jactaba de tener una memoria elefantesca, volvió su rostro hacia el loco y se dio cuenta de que nunca lo había conocido. Pensando que todo pasaría, pidió que continuasen. Pero el loco insistió.

--Yo te conozco. ¿Por qué tú demuestras lo contrario? En una oportunidad como ésta, presente también el vino que hoy defiendes, habías hablado de las bondades de los blancos verdejos de Rueda, de los caldos de Puerto Lápice y El Toboso, de la Sangre de Ronda malagueña, de las denominaciones de origen catalanas... De las cremas de Alba... Y me habías convencido. Porque tú sabes que yo también, como tú, soy catador. Juntos estuvimos en salas de cata como las de Florencia, La Rioja, Besançon.
Algunos jueces, otros veedores, bebedores y oidores, pidieron al jurado que detuvieran al loco (¿loco?), pero hizo caso omiso. Se había impresionado con aquellas palabras... Entonces, el loco continuó.

--Es cierto lo que has dicho sobre los catadores. Deben desarrollar la vista, el olfato y, fundamentalmente, el gusto. Pero olvidaste algo: el público, el proceso y la historia. Muy importante... la historia. Cuando hablas de un vino de Gormaz, debes hacer alusión al Cid Campeador. Si hablas del Hilo de Ariadna, no puedes olvidar la magia que condujo a Teseo, fuera del laberinto. Si hablas de La Mancha... cómo olvidar al ingenioso hidalgo... Y en tu mismo vino... olvidaste la leyenda del viejo sacerdote alemán que, cansado del vino de consagrar, se dedicó a probar otros, hasta consagrarse él como conocedor y bebedor. En su viaje a Roma, mandó a un criado ya educado en el arte, para que fuese catando los vinos del lugar, hasta llegar a Montefiascone. ¿Por qué no hablas de estas cosas? ¿Por qué olvidaste el proceso? Hubieras aclarado, porque lo sabes, sobre esa alquimia que transforma el azúcar en alcohol, sobre los tiempos de permanencia, la madera y los sacaromicetos como aliados importantes. Sobre la magia de las conchas de la uva, cediendo sus colorantes y quedando como objeto de extracciones menores que se presentarán bajo la forma de orujo, grappa, morgadiña o pisco chileno. ¿Y el público? Cuando éramos catadores, en Mérida, pedíamos que el público expresase su opinión sobre la calidad y las características de los vinos evaluados. Claro, no era fundamental, pero ayudaba, porque los usuarios, a veces, se rebelan contra nuestras palabras y pueden disminuir las ventas.
Si yo estuviera en este jurado, no te premiaría, por embustero o por inconstante. Los buenos catadores, cuando cambian de preferencia, deben justificarlas con alusiones a las anteriores. Así, la gente sabrá que la dialéctica de la vida es la explicación de tales cambios. ¿Pero, por qué volteas la cara? Nos conocemos muy bien. ¿Lo has olvidado? Bueno, te refrescaré la memoria. En las salas de cata, tú eras Fanticelli o Mollo. Yo era Dubourdieu o Álvaro Palacios. ¿Todavía no te viene? Seré más explícito. Tú eras mi compañero de celda en el manicomio de San Luis Gonzaga, allá en Mérida.

La cata del loco (versión 11)



Un loco se ha escapado de un manicomio. En su deambular sin rumbo, entra en un local. Se celebra allí un concurso de catadores de vino. Asombrado ante la reunión, por la presencia de un grupo, a su juicio, (¿juicio?) selecto de señores, su primera reacción fue la de observar las intervenciones. Representaban diversos lugares de Europa. Uno a uno, los contrincantes fueron libando y exponiendo sus opiniones. La labor del jurado sería difícil.
Se acercaba el final. Todo hacía parecer que el ganador sería un italiano que explicó todas las bondades de un vino llamado ES. Pero en el preciso momento en que el juez mayor pidió silencio, para dar a conocer el veredicto, el loco lo interrumpió abruptamente: Un momento... quiero hablarle a ese dizque ganador. Éste, que se jactaba de tener una memoria elefantesca, volvió su rostro hacia el loco y se dio cuenta de que nunca lo había conocido. Pensando que todo pasaría, pidió que continuasen. Pero el loco insistió.

--Yo te conozco. ¿Por qué tú demuestras lo contrario? En una oportunidad como ésta, presente también el vino que hoy defiendes, habías hablado de las bondades de los blancos verdejos de Rueda, de los caldos de Puerto Lápice y El Toboso, de la Sangre de Ronda malagueña, de las denominaciones de origen catalanas... De las cremas de Alba... Y me habías convencido. Porque tú sabes que yo también, como tú, soy catador. Juntos estuvimos en salas de cata como las de Florencia, La Rioja, Besançon.
Algunos jueces, otros veedores, bebedores y oidores, pidieron al jurado que detuvieran al loco (¿loco?), pero hizo caso omiso. Se había impresionado con aquellas palabras... Entonces, el loco continuó.

--Es cierto lo que has dicho sobre los catadores. Deben desarrollar la vista, el olfato y, fundamentalmente, el gusto. Pero olvidaste algo: el público, el proceso y la historia. Muy importante... la historia. Cuando hablas de un vino de Gormaz, debes hacer alusión al Cid Campeador. Si hablas del Hilo de Ariadna, no puedes olvidar la magia que condujo a Teseo, fuera del laberinto. Si hablas de La Mancha... cómo olvidar al ingenioso hidalgo... Y en tu mismo vino... olvidaste la leyenda del viejo sacerdote alemán que, cansado del vino de consagrar, se dedicó a probar otros, hasta consagrarse él como conocedor y bebedor. En su viaje a Roma, mandó a un criado ya educado en el arte, para que fuese catando los vinos del lugar, hasta llegar a Montefiascone. ¿Por qué no hablas de estas cosas? ¿Por qué olvidaste el proceso? Hubieras aclarado, porque lo sabes, sobre esa alquimia que transforma el azúcar en alcohol, sobre los tiempos de permanencia, la madera y los sacaromicetos como aliados importantes. Sobre la magia de las conchas de la uva, cediendo sus colorantes y quedando como objeto de extracciones menores que se presentarán bajo la forma de orujo, grappa, morgadiña o pisco chileno. ¿Y el público? Cuando éramos catadores, en Mérida, pedíamos que el público expresase su opinión sobre la calidad y las características de los vinos evaluados. Claro, no era fundamental, pero ayudaba, porque los usuarios, a veces, se rebelan contra nuestras palabras y pueden disminuir las ventas.
Si yo estuviera en este jurado, no te premiaría, por embustero o por inconstante. Los buenos catadores, cuando cambian de preferencia, deben justificarlas con alusiones a las anteriores. Así, la gente sabrá que la dialéctica de la vida es la explicación de tales cambios. ¿Pero, por qué volteas la cara? Nos conocemos muy bien. ¿Lo has olvidado? Bueno, te refrescaré la memoria. En las salas de cata, tú eras Fanticelli o Mollo. Yo era Dubourdieu o Álvaro Palacios. ¿Todavía no te viene? Seré más explícito. Tú eras mi compañero de celda en el manicomio de San Luis Gonzaga, allá en Mérida.

La cata del loco (versión 12)


Un loco se ha escapado de un manicomio. En su deambular sin rumbo entra en un local. Se celebra allí un concurso de catadores de vino. En el momento en el que se acerca a la mesa principal uno de los concursantes escupe un sorbo de vino. Él no lo entiende y por eso se sienta en la silla más cercana posible, y espera, y observa. Se fija en el elegante atuendo del catador, en sus correctos modales, en la delicadeza de todos sus gestos…

¿Por qué lo ha hecho de nuevo? ¿Por qué una persona que parece bien educada escupe ante todo este público? ¿Es que ha perdido el juicio él o todos los que le observan sin decir nada? Tampoco está nada bien que siga metiendo la nariz en todas las copas que coge. Desde luego una escena así podría esperármela en el sitio en el que me metió mi familia cuando empecé a estorbarles, pero aquí… Debe ser que no le ha gustado nada ese líquido rojo que ha bebido, pero entonces ¿por qué bebe otra vez? Me está entrando curiosidad, me encantaría probarlo, yo no lo escupiría aunque no me gustara, no parece venenoso, simplemente no bebería más y se acabó el problema.

- Por favor que se acerque el último concursante Don Manuel García. El concursante número veinte, si no se presenta, anularemos su participación…

Creo que sí voy a poder probarlo, aquí nadie me conoce, puedo ser a partir de ahora…

- … ya se acerca, un aplauso por favor…

- Menuda pinta que trae este concursante, parece que la “cata” la ha estado haciendo antes de entrar aquí.

- Silencio por favor…

Voy a hacer lo mismo que el resto de los que han salido al estrado, todo menos escupir.

- A pesar de la facha parece que se lo toma en serio y que no está bebido…

Dios mío que bueno está esto. En la “residencia” donde vivo nunca nos lo han dado de beber, sólo nos ponen pringosos refrescos de cola los días de fiesta. Ahora si que no lo escupo ni en broma. Que bien, todavía me quedan otras cuatro copas para probar…

- …aunque si sigue tragándose hasta la última gota pronto lo estará.

Lo que no acabo de comprender muy bien es cómo rellenar estas fichitas que me han dado, parece que hay que poner cruces en las casillas según la numeración de la copa. Además estoy sintiendo, ahora que he probado ya varias, que no todas están rellenas del mismo líquido, es parecido pero este último tiene un rojo más intenso, es más espeso al girarlo, su olor más penetrante y el sabor definitivamente excepcional. Lo pondré en su ficha, además me ha recordado a esto que pone aquí de madera ahumada. El anterior era más fresco olía a tomillo como el campo de mi pueblo en primavera.

Si la oportunidad de la que hoy estoy disfrutando se hubiera cruzado en mi camino hace años, cuando aún estaba a tiempo de dirigir mis pasos en este mundo, seguro que no hubiera acabado donde estoy, mi familia no hubiera podido con mi determinación de haberme dedicado, como estos señores, a reunirme y beber y comparar, porque me parece que en eso reside el juego, en discernir las sutiles diferencias que hacen más o menos agradable al paladar uno u otro líquido. Siento haber acabado todas las copas. Me encantaría que me las rellenaran otra vez, pero creo que se darían cuenta de que no soy la persona por la que me he hecho pasar. Acabaré de rellenar mis fichas, las entregaré y me sentaré a esperar junto al resto de concursantes.

- Y el ganador es… ¡Manuel García!

La cata del loco (versión 13)


Un loco se ha escapado de un manicomio. En su deambular sin rumbo entra en un local. Se celebra allí un concurso de catadores de vino. Los participantes, altos y serenos como un chopo, abren un círculo enorme y rodean al chiflado; un hombre menudo, chaparrete y grueso como un seto.
- “Sepan vuestras mercedes – grita el majareta- que he venido a vengar a mi señor”.Y dicho esto abrió la alforja que llevaba.
Los catadores se quedaron quietos, temerosos de que el pequeño trastornado sacara de aquella bolsa un cuchillo con el que tajarles la cabeza cercén a cercén como si fuera un nabo. En cambio, el demente fue de aquí para allá, tocándolo todo con manos tan gruesas como sucias y no sacó un cuchillo, sino un catavinos hermoso. Primero, llenó una copa y, tras inclinarla cuarenta y cinco grados, contempló uno de los caldos a concurso. Un hermoso tinto color cereza granate con ribete rubí, que después se acercó a la nariz con una elegancia que nadie hubiera supuesto. Estupefactos, los demás le oyeron hablar en voz baja de un aroma primario y le vieron degustarlo con exquisitez, apreciando sus matices dulces con la punta de la lengua. Por último, carraspeó ligeramente y alzó la voz para decir que era el mejor, que no había vino igual, tan sabroso y elegante, con tales recuerdos de fruta, incienso, cacao y repostería, y que, por lo tanto, se daba la cata por concluida y declarado ese vino vencedor del certamen. “Tiene las cualidades suficientes para ello – aclaró - , pero sepan también que es el vino que produce mi familia, con uva tempranilla y extremo afán. De su venta comemos muchas bocas. Así que ha de ganar, si no en justicia, sí al menos en necesidad”.
En ese momento, uno de los hombres altos y serenos dio un paso al frente y dijo:
- “¿Quién se ha creído usted que es y dónde se ha creído que está? Se halla en un lugar serio y honrado que no admite cambalaches, ni aún concurriendo, como parece ser el caso, el atenuante de la enajenación”.
El perturbado metió de nuevo sus manos en la alforja y esta vez sí, sacó un cuchillo jamonero.
- Tente, ladrón, malandrín, follón, que no te ha de valer tu cimitarra. Tú eres el gigante del que me habló mi señor, tú el enemigo de la princesa Micomicona que ha de ver su cabeza rodar de tal manera que los testigos de este acontecimiento confundirán la sangre con el vino. Y viceversa”.
Antes de que el chalado la emprendiera a cuchilladas con el catador al que tomaba por gigante y con los objetos, como copas, cueros, botellas y barricas, a los que tomaba exactamente por lo que eran, llegó la ambulancia. Dos hombres lo redujeron a la fuerza, aunque con el cariño de quienes lo habían tenido que hacer en más de una ocasión.
- “Vamos Sancho, tranquilízate. Nosotros somos el jurado y proclamamos vencedor al vino que tú digas”. Luego, en un guiño cómplice, se volvieron hacia los catadores y les susurraron que el pobre llevaba así, ido, desde el día en que murió su amo y señor.
Pero Sancho, que era fino de oído, les oyó y se fue gritando: “¡Mentirosos! ¡No ha muerto, Don Quijote vivirá para siempre!”.

La cata del loco (versión 14)


Un loco se ha escapado de un manicomio. En su deambular sin rumbo entra en un local. Se celebra allí un concurso de catadores de vino. Despavorido huye a través de un túnel. Agotado se sienta encima de una barrica. Perdido en un entramado de túneles, llora su desgracia. No volverá a ver la luz del día.

Allí estaban todos. Los reconoció por las batas blancas. Sobre la mesa tenían las botellas con la sangre que semanalmente le sacaban para analizarla, eso le decían. Y ahora, se la llevaban a la boca en copas de cristal. Le dio tiempo de contar hasta doce personas, todo hombres excepto una mujer.

Se preparó para morir. Había llegado el momento de ir junto a su padre. Pero antes escribió con tiza en un barril: “El que bebe mi sangre tiene la vida eterna y yo lo resucitaré en el último día”. Año 0.

La cata del loco (versión 15)


Un loco se ha escapado de un manicomio. En su deambular sin rumbo entra en un local. Se celebra allí un concurso de catadores de vino…
Fabián piensa que ese será el inicio de la versión de los hechos, dirán que los días han acelerado las lesiones de su psique, corregidas en algún modo en el psiquiátrico pero no sanadas.
Son las once de la mañana y todo está preparado. Los catadores han renunciado al café, el tabaco y las fragancias, observando en la distancia los vinos que se ofrecen ciegos, sin etiquetas. Fernando había preparado la artimaña perfecta para asesinar a su esposa Lourdes, piensa Fabián mientras anuncian a los catadores.
Sirven un poco de vino en sus copas y, después de que el suave movimiento circular ha conseguido que el líquido empape todo el cristal, observan el color: el rojo púrpura con matices violeta delatan al vino joven; y el rojo ladrillo se decanta por uno de dos o más años. Pureza, transparencia y limpieza, las “lágrimas” en las paredes del cristal, las burbujas… Fabián tiene el sueño de un millón de noches escrito sobre la piel, desconocía su condición de simple figurante en la obra a representar, de pobre diablo que se encargó de apretar el gatillo.
Los catadores huelen el vino en la copa quieta, luego imprimen un intenso movimiento giratorio y vuelven a olerlo. Cepa, fermentación y bouquet… olor de la madera, floral, de las plantas, olor de frutas, especias… El aroma de la tila, manzana, la rosa, el heno, la canela, el regaliz… Y mientras Fabián admira la capacidad de concentración volcada en la amalgama de olores que hay que discernir, siente que le habita un extraño de mirada interrogante al que no puede contestar. No sabe qué le indujo a seguir el hilo de las palabras de Fernando, las mismas que sirvieron para tejer la red que le atrapó. Todo quedó al descubierto y la policía le detuvo.
Llega el momento de tomar un pequeño sorbo que los catadores borbotean, el aire pasa a través del líquido al aspirar por una fina rendija de los labios, la lengua se restriega por el paladar, el vino se engancha, es áspero o tánico… Fabián se asombra con los profesionales, pero su mente sigue empeñada en desentrañar el jeroglífico escrito en la pared de su memoria. Fernando consiguió escurrir el bulto y él, con la pericia de sus abogados, que le aplicaran la eximente de locura temporal propiciada por los celos… ¿Celos por una mujer?... ¿Por un hombre?...
Y entre los vinos duros, ásperos, redondos, los vinos aterciopelados, sedosos, finos, equilibrados… también en ocasiones buscan infiltrarse los maderizados, oxidados, verdes, rancios, picados, enmohecidos… Los catadores, entre prueba y prueba, se han enjuagado la boca con el agua natural, tomado pan ni dulce ni salado, sonreído… Fabián avanza despacio por la senda que le llevará al fin que presiente. Sabía que en aquel local se iba a desarrollar una cata profesional de vinos, y entre los asistentes estaba anunciado Fernando, multimillonario y empresario de prestigio. Se fugó del manicomio, sobornando a una cuidadora, con un único objetivo: la venganza.
—Qué haces aquí, Fabián… ¿Ya te han soltado? ¡Lo sabía! Te lo había dicho, cinco años máximo y a la calle… Ahora… tú y yo… ¿Entiendes?... —Le dice Fernando, sorprendido al verle.
—Nunca dudé de ti, Fernando ¿Aún está en pie la oferta? Me he enterado que tienes bodega propia y… aquella botella prometida… ¿Recuerdas?...
— ¿Chateau Petrus?, sí… está durmiendo en mi bodega… ¡Esperándote!...
Ha terminado la cata y ambos salen del local. Fernando sube al coche que les trasladará hasta su bodega e invita a subir a Fabián, mientras éste aprieta con fuerza el estilete que lleva oculto en el bolsillo del pantalón.

La cata del loco (versión 16)


Un loco se ha escapado de un manicomio. En su deambular sin rumbo entra en un local. Se celebra allí un concurso de catadores de vino…
Al abrir la puerta las personas de su interior miran al loco con sorpresa. Va vestido con la ropa de la Clínica, pantalón y chaquetilla blanca y lleva los pies descalzos. Uno de los hombres le insta a que abandone el local pues no pueden entrar personas ajenas al concurso de cata que se está celebrando. El loco le contesta que él es el mayor experto en vino y haciendo caso omiso se acerca hasta la mesa. Todos se miran con preocupación. Sus caras reflejan la incertidumbre que les crea tener a un loco en el local y no saber cómo va a reaccionar. La mesa con un fino mantel se hallaba en mitad de la sala. Se encontraban sobre ella las copas, botellas y demás enseres propios de una cata. El loco estira el brazo con la intención de coger una de las botellas de vino, pero una mano lo detiene. “He dicho que aquí no puede estar”, suena la voz firme. De un manotazo se quita la mano de encima y agarra la botella. Bebe un trago y otro más largo. Los asistentes al concurso de cata le observan paralizados, no saben que hacer. Después va una segunda botella y una tercera cuando su traje blanco luce varias manchas granates. Vamos a llamar a la policía si no se va inmediatamente, le amenazan. El loco sigue cogiendo una y otra en tono cada vez más violento. Un de las mujeres sumiller asistentes abre su móvil y marca el número de emergencias.
A los pocos minutos una pareja de oficiales entra en el local visiblemente destrozado con botellas por el suelo, copas rotas, vino derramado… Estos se llevan al loco esposado y lo conducen de nuevo al manicomio que había abandonado horas antes.
Y así termina la aventura vespertina del loco del manicomio experto catador de vinos.

La cata del loco (versión 17)


“Un loco se ha escapado de un manicomio” era la noticia que repetían en la radio. Se le puede distinguir por una mancha roja en forma de estrella de cinco puntas sobre el hombro izquierdo. Mi mujer estaba asustada y mi suegra se acurrucaba junto al fuego intentando no parecer nerviosa y solo dedicarse a sus labores de costura. Mantengan la casa cerrada, mientras esté sobrio no ofrece peligro, pero si toma una copa de vino puede resultar muy peligroso. Mi mujer me pidió que pusiera trancas detrás de la puerta y ajustara las ventanas, pero aún era muy temprano para encerrarnos entre las cuatro paredes, en la radio habían dejado de poner música, lo único que hacían era repetir la misma noticia. Así que decidí ajustar las ventanas, buscar un par de trancas en el sótano, e irme al bar por una botella de vino para aliviar el peso de la noche. Ellas me pidieron que no saliera, pero me rehusé, no estaba dispuesto a pasar otra noche aburrida. Por supuesto, todo hubiera sido distinto si les hubiera prestado atención, no podía imaginar que el loco, en su deambular sin rumbo, entraría en el bar.
Cuando llegué todas las mesas estaban ocupadas, me senté en la barra y pedí mi botella. En ese momento dieron la voz que anunciaba el comienzo del concurso de catadores de vino. El dueño del local se subió encima de una de las mesas y anunció los premios: Primer premio-dijo-: 380 euros. El brillo en los ojos de todos fue como un destello colectivo y a la vez secreto. –Segundo Premio: tres noches en el hotel Torremilanos en Ribera de Duero-. Ese es perfecto, pensé, serían tres noches sin mirarle la cara a mi suegra y disfrutando de una segunda Luna de Miel, que buena falta me hace. –Tercer Premio: un lote de productos de esta bodega, Williams & Humbert-. Ese tampoco estaba mal, con ese lote me ahorraría una buena suma.
-¿Quiénes van a participar?- gritó el dueño. Yo levanté la mano de forma inmediata, como lo hicieron todos los hombres a mi alrededor e incluso el loco, que en ese preciso momento entraba por la puerta.
En casa mi mujer y mi suegra se debieron haber puesto nerviosas porque el concurso duró más de la cuenta, después de dos horas solo quedábamos cuatro concursantes: un viejo que poseía una viña en la parte sur del pueblo, un señorito de Madrid que vestía de blanco y llevaba un sombrero muy elegante atado con una cinta negra, el loco que había catado más de la cuenta, se había bebido en total más de tres botellas y para la ronda final se había quitado la camisa, mostrando su enorme estrella roja en el hombro izquierdo, como si se tratara del tatuaje de un guerrero. En el bar nadie estaba enterado porque nunca encendían la radio. Siempre preferían la victrola con los mismos tangos y boleros de todas las noches. Yo traté de advertirle al dueño del local sobre el peligro que representaba aquel hombre, pero no me hizo caso y amenazó con expulsarme de la competición si no me sabía comportar.
Comenzamos la última ronda y cuando le tocó el turno al loco sus hombros se hincharon, la estrella pareció cobrar vida y mientras reía a carcajadas todos empezaron a caer, como árboles cortados de un solo golpe, sobre el suelo del bar. Solo quedamos en pie los últimos concursantes y el dueño del local. El loco tomó la estrella roja, con dos movimientos un poco confusos la convirtió en una daga y blandiéndola nos obligó a pegarnos a la pared. El dueño le ofreció los 380 euros, pero él pidió además la reservación del hotel, tomó la cesta con el lote y salió corriendo hacia la calle.
Trabajo nos costó recuperarnos del susto. Los hombres en el local se levantaron de uno en uno, el dueño dijo que iba a cerrar. Cuando llegué a casa mi mujer me reprendió, además de mi tardanza, con el alboroto había olvidado la botella de vino encima de la barra en el bar.

La cata del loco (versión 18)


Un loco se había escapado de un manicomio. En su deambular sin rumbo entra en un local. Se celebra allí una concurso de catadores de vino y se puso a husmear por el salón, a lo largo del cual se extendían en mesas los diferentes caldos y algunas suculencias para acompañar.
El bufé estaba compuesto de emparedados, canapés de salmón y otras exquisiteces por el estilo. Observó los vinos golosamente. En concreto, un buen vino de Rioja, al que se había aficionado cuando fue a vivir a Bilbo para obtener su título de experto en castellano hasta que su mente dejó de recordar. Los buenos caldos pululaban de copa en copa y de mano en mano, pero la que sujetaba el loco con fruición no se movía más que para volverse a llenar. Había vaciado ya unas cuantas cuando la verdad se le iba revelando como el rayito de luz que caía mientras paladeaba, no demasiado, las gotas últimas de cada cata. En ese momento su interés se centró en el etiquetado de las botellas. Observó la añada de cada vino. Leyó:
V.A. Tinto. Crianza 2003.
Un poquito flojo, observó tras probarlo. A ver éste,
P. Rioja D.O. Reserva 2001. 100% Tempranillo. Alcohol 14,5% Volumen.
Tocado este punto se sobresaltó ligeramente. No suponía que una graduación tan elevada le hiciera sentirse tan liviano. Tal vez, dedujo, por eso mismo me siento flotar. Siguió leyendo. Una de las botellas reclamó su atención, tenía una pátina que figuraba su envejecimiento.
F. Rioja Gran Reserva 1982... Una de las mejores añadas, sin duda.
El cúmulo de la excelencia, dijo con los labios húmedos e intentó rellenarse la copa, pero el contenido de la botella se había evaporado. Buscó una nueva con que recrearse el paladar y en ese momento chocó con otra mano que la inclinaba para servirse.
Tanto correr para llegar al mismo sitio. Aquí habría que gritar ¡sírvase el que pueda! Dijo él mismo jaleado por su propia ocurrencia.
En cuento quedó libre, con rapacidad cogió la botella del gollete y se llenó la copa sin dar ocasión al siguiente invitado.
Es que el buen vino gusta a casi todos, en especial a los políticos, porque la verdad está en el vino y así, a secas, no hay quien la trague. Arrastraba un poco las palabras al hablar, pero el hombre que esperaba parecía o prefería no entenderle. Se limitaba a sonreír.
¿Y usted, quién es, buen caballero? Venga, tome una copa, sin miedo.
Siguió su periplo como catador. Los vinos blancos le resultaban menos atractivos, con excepción de los de Jerez y los champañas, que formaban como soldaditos barrigones a lo largo de las mesas. Tras engullir varias copas, su exaltada aprobación fue a parar a un amontillado, aunque nadie parecía reparar en sus palabras. Él, por el contrario, sentía el ánimo perfecto, sobrio, lo que contrastaba observando de cerca su falta de verticalidad. En pleno momento extático, su intervención fue requerida porque el concurso iba a dar comienzo. Le hicieron pasar al salón contiguo y le mostraron el lugar donde debía empezar la cata. Lo único que acertó a decir el loco, con toda razón por otra parte, fue:
Disculpen, ¿esto no se puede hacer sentado?

La cata del loco (versión 19)


Un loco se ha escapado de un manicomio. En su deambular sin rumbo entra en un local. Se celebra allí un concurso de catadores de vino. Lo escruta todo con desquiciada analítica, observando cada forma y cada movimiento. Las personas que allí hay se comportan de forma extraña y visten más extrañamente aún. Quizá no son humanos. Sabe que él es humano, se lo han dicho, pero no se acuerda de cómo es, y al no poder hacer la comparación entre él mismo y esas gentes, su cerebro lo lleva a un nuevo viaje al fondo de la sinrazón.
Se mueve perdido, no pasando desapercibido, mirando con cara dudosa las camareras que ofrecen canapés, pensando que esas ninfas pueden estar ofreciéndole los néctares más preciados por los dioses unas veces, creyendo que son diablesas ofreciéndole veneno otras.
Se marea con tanto estímulo a su alrededor. La algarabía que llena la sala ata la mente del loco a la profundidad de lo oscuro, alejándolo de la realidad y llevándolo de nuevo al mundo irreconocible que se fragua desde hace años en su cerebro.
Los catadores beben y escupen vino. Para el loco son monstruosos pingüinos bebiendo y escupiendo sangre. Algunos ríen y gritan mientras llevan a cabo semejante rito profano. Las camareras siguen paseándose como invitando a la gente a unirse a la orgía de sangre, ofreciendo comida y sonriendo a todo aquél que se cruza en sus caminos. Cuando el loco se cruza, siente pavor de la sonrisa de la joven y corre a esconderse en el lavabo.
Mira a su alrededor conociendo cada parte de la nueva estancia, se mira al espejo para intentar compararse con las personas de fuera. No sabe si son ellos los diferentes o él mismo, pero lo que el espejo refleja no es lo mismo que él ha visto en la sala de cata de vinos.
Se asusta y altera, su corazón no late, vibra y hace vibrar todo su cuerpo. Sus pupilas se dilatan y comienza a sentir la boca seca. Un espesor candente en el fondo de la garganta y un picor en la lengua que le indica que pronto volverá a tener otra visión.
Cae al suelo en redondo, su vista se fija en las luces del techo y en como se dilatan y estrechan al ritmo que la sangre fluye por las venas de su sien. La espuma que sale de su boca es cada vez más blanca. Nadie ha entrado en el lavabo pero las voces de los monstruos de la sala se oyen cada vez más cercanas y chirriantes.
El miedo se apodera de él y su corazón se acelera todavía más, doliéndole horrores con cada latido. La luz deja de ondular y todo pasa a la oscuridad absoluta. Pierde la conciencia durante unos segundos para recuperarla poco después.
Se arrodilla, mira al suelo, vomita y se mira las manos. Parece que todo está en orden. Más que antes, incluso, ya no se oyen las voces de los diablos. El infierno de afuera parece estar congelándose.
Ahora es el lavabo lo que cada vez lo oprime más. Las paredes amenazan con caerse encima de él si siguen curvándose. La luz se está apagando alrededor suyo y pronto no podrá ver más allá de sus narices. Abre la puerta y sale de la oscuridad a la luz, habiéndose librado por fin de las voces que atormentaban su cabeza desde hacía años.

La cata del loco (versión 20)


-Un loco se ha escapado de un manicomio. En su deambular sin rumbo entra en un local. Se celebra allí un concurso de catadores de vino…- Dice la atragantada voz de nuestro no-humilde no- narrador.
-Son aproximadamente las 23:45 horas del día jueves primero de octubre, se caen los árboles de maduros en la ciudad de Mendoza, capital del vino. Podemos ver desde nuestra cabina el monumento “Aquí estaba la casa de Gobierno” donde actualmente es está trasladando a las inmediaciones del ex Sauce. Para aquellos radioyentes que recién llegan, les informamos que en estos precisos momentos la gente de capital está arrastrando a cada uno de los funcionarios públicos, y digo bien, magistrados, jueces, fotocopiadoras, diputados y hasta al mismísimo gobernador Serrucho, hacia el manicomio más famoso de la ciudad. Anecdótico, una escena digna de la película “hombre mirando al sudeste” donde los mismos enfermos intentan tomar el control de la institución de salud mental. No sé bien que pasó, quién robó a quién, pero mejor no meterse. ¡Una publicidad y ya volvemos! -
-Un loco se ha escapado de un manicomio. En su deambular sin rumbo entra en un local. Se celebra allí un concurso de catadores de vino… ¡Está loco y los va a matar a todos, los cortará en pedacitos, hará cosas nunca antes vistas en la Internet por nadie, nadie, nadie! (ecos) ¡Vinos “Camisa de Fuerza”! El vino que se cata. Cualquiera se vuelve loco, ¡Por catarlo!-
-Volvemos mis radioescuchas son aproximadamente las 22:14 minutos y contando segundos ocho, siete, seis… ¡Qué cosa el tiempo que pasa y estamos todos un día más cerca de la extinción total! La ciudad en llamas esto me recuerda a aquella vez que…Bueno no viene al caso. Las noticias de esta noche son; Mendoza gana el premio internacional de ciudad con mayor cantidad de vinos en el mundo, vinos sin vender claro ya que nadie tiene un mango para pagarlos. Se rumorea, me han dicho por la calle, que un científico nacido aquí en nuestra querida provincia, ha modificado la postura de la cepa para que las uvas crezcan en volumen el triple, digo bien, el triple de tamaño de las uvas. Cosechadores cortan la ruta 1, 2, 3, 4 y 5, evitando la muerte automovilística de aproximadamente cincuenta personas. Siendo sólo las 21:50 minutos los dejo con otra publicidad.-
-Un loco se ha escapado de un manicomio. En su deambular sin rumbo entra en un local. Se celebra allí un concurso de catadores de vino. Los catadores son cientos, él es sólo uno con tres personalidades diferentes, tres formas de encontrar el gusto perfecto, el mejor. Los catadores internacionales sacan sus espadas y comienza el combate… ¿Quién obtendrá el premio mayor? ¡Pues nuestro catador loco que toma vino “Camisa de Fuerza”! ¡El vino recomendado por anestesiólogos de la nación!-
-Esa fue la última publicidad de la noche. Les informamos que en unos instantes cortaremos la transmisión de radio A,B,C por ser crudiveganos en nuestra alimentación e incitar a la población a serlo. Acá dice el gendarme que no diga más nada… Siendo las 20:00 horas cada uno de los laburantes queríamos saludar a nuestras familias (se escuchan voces saludando). Pará ya termino… Así nos despedimos y les informamos que el día de mañana a las 10:00 de la mañana se realizará el entierro de su humilde no-narrador, con asistencia paga. Ahora sí, los dejamos hasta próximo aviso con las publicidades que nos financian. (Se escuchan disparos)-Un loco se ha escapado de un manicomio. En su deambular sin rumbo entra en un local. Se celebra allí un concurso de catadores de vino…
- Dice la atragantada voz de nuestro no-humilde no- narrador.

La cata del loco (versión 21)


Un loco se ha escapado de un manicomio. En su deambular sin rumbo entra en un local. Se celebra allí un concurso de catadores de vino. Igual nadie le prestó atención al loco, estaban todos demasiado expectantes a la cata de Marcelo Gómez Valverde, un reconocido enólogo que había dignado con su presencia al evento.
Marcelo era igual a todos los grandes enólogos que se saben grandes: prácticamente insoportable. Cada vez que cataba un vino lo hacía con una paciencia exasperante y en cada oración que emitía sobre aquella copa, la decía casi despectivamente y como si las mismas le salieran a él muy caras. Además, jamás reparaba en la gente que lo escuchaba.
El loco lo veía girar su copa, inclinarla y mirarla atentamente. Lo veía tomar, hacer buches, tragar solemnemente con los ojos cerrados y decir palabras que le sonaban sin sentido. Veía también cómo la gente estaba expectante a todos los movimientos de Marcelo, como hipnotizada.
Ante la curiosidad de este personaje el loco se fue corriendo entre los espectadores hasta llegar frente al domador de copas. Una mujer, creyéndolo otro enólogo, le ofreció una copa. La agarró como vio que se agarraba, disfrutando los colores que tomaba el vino cuando la hacía girar en círculos.
Metió su nariz y disfrutó la infinidad de aromas que despertaron su olfato dormido por pastillas y años entre paredes húmedas. Después se llevó el majestuoso elixir a la boca, cubriendo con él toda su lengua. Saboreando y disfrutando como un chico. Como un loco.
Cuando despertó del trance, abrió los ojos y se dio cuenta que todos lo estaban mirando.
El loco se vio forzado a decir algo. La gente le exigía una frase, como si sus vidas dependieran de su veredicto. Concentrado levantó la pera, imitando por un momento al enólogo al lado suyo. Escapando de la situación, y buscando sin saberlo inspiración, tomó un gran sorbo, tragó y dejó que su inconciente hablara por él.
—¡Qué buena está esta mierda!
Esta frase obligó a Marcelo a abrir los ojos y ver al nuevo protagonista. En cuanto lo vio sus ojos no pudieron disimular.
—¿Qué hacés acá? ¿Cómo me encontraste?
Ya no era Marcelo Gómez Valente, el enólogo. Estaba desnudo. Sin disfraz.
El loco lo miró y, recién ahí, pudo ver.
—¿Tanito?

La cata del loco (versión 22)


Un loco se ha escapado de un manicomio. En su deambular sin rumbo entra en un local. Se celebra allí un concurso de catadores de vino… los mejores del mundo. La cata estaba a punto de comenzar y todos estaban sentados ante una gran mesa, con los ojos vendados. Tenían varias copas de vino delante de ellos.
Dos jueces eran los encargados de verificar que nadie hacia trampa y un maître se ocupaba de cambiar las copas de vino y de servir el agua entre prueba y prueba. El loco se quedó de pie, mirando la escena. Nadie se percató de su presencia.
Observó como los catadores, elegantemente vestidos, tomaban sorbos de los mejores y más caros vinos del mundo, para luego escupirlos y limpiar con agua los restos de sabor de sus bocas.
Luego dio media vuelta, sonriendo. Ya no se sentía culpable por haberse escapado. Había comprobado con sus propios ojos, que había gente que necesitaba su cama del manicomio bastante más que él.

La cata del loco (versión 23)


Un loco se ha escapado de un manicomio. En su deambular sin rumbo entra en un local. Se celebra allí un concurso de catadores de vino…:
- Buenas tardes, caballeros. Quisiera darles la bienvenida diciéndoles que…
Mientras el presentador discursa sobre la cata, Braulio X., permítame que identifique al loco con ese nombre, transita alrededor del salón junto a las paredes que va signando con tiza roja. Su mano no deja de patinar hasta que una mesa irrumpe en su trayecto y encuentra acomodo al lado de unos catadores. Braulio X. se apoltrona en una de las sillas y hace lo que todos: sonríe perenne, acentuando el rictus al concurrir con otras miradas, y examina las copas que, en formación, esperan turno para ser alimentadas de caldos.
- …dicho lo anterior- el orador concluye solemne la salutación- daremos inicio a la cata de hoy. Que gane el mejor, señores.
Braulio X. urge, como siempre, de una actividad tras otra: una actividad perpetua; porque a la menor ociosidad, discurre hacía mareas de babosadas e incoherencias; y, aunque le vienen bajamares, al poco rato, otra vez de vuelta a las aberraciones, los bizarréeles y las tropelías… Podemos decir que Braulio X. es un loco de vaivenes, un loco de marejadilla.
Las serpentinas del aire acondicionado y el desfile de botellas, tan acicaladas y reflectantes, le mantienen aún, y más tiempo de lo habitual, en permanencia.
- Esta botella es de un Amontillado de Barbadillo- dice la misma voz, que ahora inflexiona con cierto regusto.
Al paso de cada botella, revolotean sobre las enormes paredes las mejores imágenes de cada región y de cada cepa, y suena en edición su música tradicional. Los catadores, al mismo tiempo y siguiendo al presentador, toman las copas; las colocan en alto, a contraluz; observan los taninos gravitar, remueven los elíxires que parecen impeler hacia el vástago de la copa buscando otra salida; luego, los paladean y apuran hasta el último filón. Braulio X. hace lo mismo.
Se suceden las botellas: una cava de Recaredo, un Viña el Pisón, un Monte Bello,…
Braulio X., al pasar los minutos, adquiere una pachorra inusual y sus parpados se ven cada vez más llenos.
- Me gustaría pedir un fuerte aplauso para todos ustedes- dice la voz con sincero gusto- Una vez más, hemos concluido con éxito…
Braulio X. pestañea, por momentos, como dedos ondulantes que despiden el día.
Pónganse de pie, por favor. Formemos una sola fila- indica el presentador- Coloquen los brazos sobre los hombros de quien tenemos adelante. Avancemos, avancemos.
Todos obedecen sin objeciones. Al parecer les viene bien la idea. Al salir del local, caminan a través de la plaza, zigzagueando. El presentador del evento les pide que hagan sonidos de tren y entre chuf-chuf y chuf-chuf continúan su ruta por varias calles hasta el perímetro de una finca; la bordean unos metros hasta la entrada principal.
Braulio X. dirige con esfuerzo, hacia el cielo estrellado, los últimos parpadeos, se regodea. Se deja arrastrar por la locomotora humana que se mueve ya en total silencio y exasperante lentitud hacia del interior del recinto.
- Es hora de dormir - instruye la voz- Les solicitaría a los enfermeros que verifiquen que cada paciente quede instalado en su cubículo y me reporten cualquier anomalía.
La representación del concurso de cata recrea al director. Las botellas vacías son, nuevamente, aclaradas y guardadas para la siguiente medicación.
Braulio X., con la sonrisa vencida, hace una imperceptible reverencia al director en señal de buenas noches.

La cata del loco (versión 24)


Un loco se ha escapado de un manicomio. En su deambular sin rumbo entra en un local. Se celebra allí un concurso de catadores de vino. El local no era demasiado grande y las miradas de la gente se centraron en él. Su aspecto era extravagante. Sus largos rizos canosos se arremolinaban desordenados en su cabeza y su mirada penetrante bajo sus pobladas cejas se clavaba en los presentes obligándoles a bajarla. Sus ropas eran demasiado informales para estar allí pero su andar y su verborrea pronto les cautivó. Tenía algo especial que atraía y fascinaba aunque nadie fuese capaz de explicar qué era.
Sus palabras estaban marcadas por un ligero acento francés y se presentó como François Dupont, etnólogo de reconocido prestigio en su país. Con naturalidad se dirigió a la mesa, apartó de ella al primer miembro del jurado que iba a iniciar la cata, arrebatándole la copa de la mano. Siguió los rituales que seguiría cualquiera de los presentes y degustó aquel caldo. Con ojos abiertos como platos, escupió el contenido y tiró al suelo la copa que se deshizo en mil pedazos.
“¡Vergonzoso!- exclamó. “Este vino no tiene la categoría suficiente para acudir a este certamen. ¡Qué atrevimiento!
Un bullicio llenó la sala hasta que el loco gritó pidiendo silencio. Y lo consiguió en el acto. Se podría escuchar el zumbido de un mosquito atravesando la habitación. Tomó la siguiente copa de vino y tras degustarla la posó con suavidad encima de la mesa.
“Aceptable. No será el ganador pero es agradable. Me llevaré unas cuantas botellas”.
Luego cogió la tercera copa pero al acercarla a los labios su rostro cambió de repente. Hizo el ademán de lanzarla contra la pared pero finalmente optó por colocarla encima de la mesa.
“Señores, me veo en la triste obligación de comunicarles que deben de llamar inmediatamente a la policía. Alguien ha envenenado esta copa”.
La gente se miraba una a otra y sus rostros incrédulos no les permitían articular palabra alguna.
“Y el autor de esta atrocidad sigue aquí entre nosotros. Herido en su orgullo por no haber sido reconocido todo su esfuerzo y dedicación en la elaboración del vino de la cosecha anterior, ha decidido castigar a esos jueces ineptos y ciegos. Ustedes ya saben a quien me refiero”.
Las miradas se cruzaron dando lugar a acusaciones e insultos que desembocaron en una auténtica batalla campal.
Sonriendo, el loco se dio la vuelta y abandonó el local.

La cata del loco (versión 25)


“Un loco se ha escapado de un manicomio. En su deambular sin rumbo entra en un local. Se celebra allí un concurso de catadores de vino... “
Sólo esto advertía la noticia del matutino del domingo. Sin embargo, no contaba lo mejor. No permitía Ver la verdad velada que ese encuentro desencadenó.
“Vino y Locura” desde el comienzo de los tiempos, ha sido un binomio fantástico que puede anunciar ciertas historias extraordinarias. Historias de “Mundos aparecidos y desaparecidos”, de ritos, de músicas, de magia…
El loco había escapado de su “Mundo de encierro”, es cierto, pero no sin rumbo como anunciaba la noticia. Su camino fue luego su destino.
Irrumpió en silencio. Temblaba de miedo. Pero a veces ¿no nos da temor todo aquello que intuimos cambiará nuestra vida? Tal vez, “Ver” la proximidad de aquel “instante”, a pesar de su locura, fue lo que animó su espíritu para abrir una grieta que venciera el tiempo y el encierro, anunciando libertad.
Secretamente fue atravesando la bodega que había dejado de ser un lugar lúgubre para convertirse en una verdadera obra de arte que invitaba a ser recorrida. Comenzó a andar lentamente entregándose a la aventura. Fugazmente, pudo divisar entre tinieblas todo lo que allí estaba pasando: la gente conversando entre copas, las miradas, los pasos. Se sintió invisible como el fluir del tiempo. Este descubrimiento lo animó aún más. Susurró: Vino Infinito, Negra Oscuridad…
De pronto su temerosa memoria recuperó el fragmento de un cuento de Jorge Luis Borges: “una copita del seudo coñac y te zampuzarás en el sótano. Ya sabes, el decúbito dorsal es indispensable. También lo son la oscuridad, la inmovilidad, cierta acomodación ocular (…) a los pocos minutos ves el Aleph”. [1]
Abrió los ojos y la vio… la vio brillar en una copa… Envolvía con su color puro e intenso… se le mostró joven desde sus tonos violáceos. Se acercó, la tomó entre sus manos, la giró lentamente en una danza cómplice logrando que desprendiera todos sus aromas y todo su Ser. Luego, reposó sus labios en su costado más sensual, saboreó… se enamoró.
En ese “instante” el Mundo se presentó de frente, mirando a los testigos del encuentro a la cara, tomando la forma de enigma. Su Mundo, todo un espacio poético, se desplegó ante todos los presentes que sin darse cuenta, se comprendieron habitantes de un mismo territorio misterioso del que podrían entrar y salir tantas veces lo desearan…
Sólo alcanzó a decir antes de partir:
- ¿Saben por qué chocamos las copas al brindar? Es para involucrar los cinco sentidos. Vemos su color, olemos la bebida, la degustamos, tocamos la copa… el oído es el único sentido que no participa hasta el momento del sonido que provoca el brindis.
Fueron testigos silenciosos de ese acontecer…
De Vino se trató, lo que Devino en historia…
[1] Borges, Jorge Luis. El Aleph. Buenos Aires : Emecé, 1957.

La cata del loco (versión 26)


Un loco se ha escapado del manicomio. En su deambular sin rumbo entra en un local. Se celebra allí un concurso de catadores de vino. Un grupo de personas se disponen a tomar asiento y entre ellos se esconde el loco, observando alegremente esas botellas bien dispuestas en las respectivas mesas. Su bata blanca, esa extraña mirada perdida y el silencio que lo rodea, provoca en los demás miradas burlescas hacia su persona pero el loco, feliz de encontrarse refugiado entre botellas, sigue su extraño caminar por la sala.
Alguien les indica que pueden sentarse ya que la cata está a punto de empezar y el loco, observa nervioso como cada persona ocupa su asiento. Duda, sin saber qué hacer y, tras algún segundo de desconcierto, descubre a su derecha una silla vacía a la que se dirige veloz. Se sienta agarrando con fuerza el sillín asegurándose de que nadie le robe el lugar y ríe contento de su suerte, estrepitosamente, entre el silencio del resto.
Un hombre alto y serio, acompañado de una lista se dedica a comprobar que todos los invitados estén en la sala y cuando se acerca al loco, lo mira, suspira y pregunta.
“Señor Guzmán, me habían comentado que se encontraba usted indispuesto pero veo que finalmente ha acudido a nuestra cata lo que le agradecemos sinceramente”. “Sí, sí”, afirma una alborotada coronilla.
“Ya saben ustedes cómo funciona la cata. Las botellas están únicamente numeradas y hay que seguir el orden establecido. Prefiero no alargarme con explicaciones reiterativas. Son ustedes profesionales del sector y se que tan solo lograría aburrirles. Eso sí, es importante que les expliquemos que hoy no respetaremos el anonimato. Hoy queremos invitarlos a que cada uno, según vaya probando el vino, nos exponga sus observaciones. Esperamos que nos le incomode ya que precisamente es esa espontaneidad la que buscamos” concluyó el hombre alto y serio.
El no sería menos, pensó el loco, así que sin dudarlo, se sirvió el primer vino que encontró en el extremo de la mesa y lo observó. Meticulosamente, científicamente, profesionalmente. Seguía los pasos de los demás catadores y mientras uno a uno iban desnudando los secretos del vino, el loco se agitaba nervioso en su silla, esperando su turno.
Y el momento llegó. El supuesto señor Guzmán, miró nervioso, aún con la copa de vino en la mano y se dispuso a hablar.
“Ha sufrido”. Fue su primera frase. “Es un vino triste”. Fue su segunda frase.
El señor alto y serio lo miró escéptico, aburrido, pero el señor Guzmán, lejos de amedrentarse fue cogiendo confianza.
“Este vino me cuenta su tristeza. Ha pasado por penurias que lo han fortalecido. Me cuenta que viene de una tierra seca, donde la soledad de los viñedos es inmensa. Muchos murieron por el camino. Pero él no. De ahí su trágica melancolía. Mírenle la cara. Ensombrecida y dura como el buen caminante. Roja como la sangre. Pobrecito. Necesita amor. Necesita comprensión y aunque camina despacio, camina seguro. No todos podrán comprenderlo, menos apreciarlo”. Acabó entonces el señor Guzmán y una sonrisa extraña afloró en sus comisuras.
Silencio. Nadie sabía que decir. Ni una sonrisa.
Ese hombre. ¿De donde diablos había salido ese hombre? Había pasado por alto todas las reglas de la cata de vinos y sin embargo, había logrado definir como nadie el carácter de ese vino haciéndolo comprensible a todos los estupefactos oídos que allí se encontraban.
Siguió el loco describiendo vinos y maravillando a sus oyentes hasta que por la puerta aparecieron silenciosos dos hombres vestidos de blanco para llevarse al señor Guzmán. La sala enmudeció viendo desaparecer a ese genio catador. En la clínica sonreía el loco.
En las bodegas sonreía el vino.

La cata del loco (versión 27)


Un loco se ha escapado de un manicomio. En su deambular sin rumbo entra en un local. Se celebra allí un concurso de catadores de vino, organizado por La Tertulia Nocturna. Mira las mesas, nadie ha notado su presencia, pues la persona que está hablando al frente se roba toda la atención. En una silla hay un abrigo, lo toma y se lo pone. “Me veo mejor para la ocasión”, se dice a sí mismo cuando ve su reflejo en uno de las ventanas.
Camina tranquilamente entre los participantes, los saluda cortésmente y hace pequeñas reverencias con su cabeza, sintiéndose en una obra de teatro sobre la nobleza inglesa. Se sienta en una de las sillas vacías y comienza a escuchar lo que dice esa persona que está parada allí, en la tarima.
“Damos comienzo al V Concurso de Cata de Vinos de La Tertulia Nocturna. En este momento van a servir el vino y ustedes deberán adivinar el país, la denominación de origen, las variedades de uva, la añada, el elaborador y la marca de siete vinos diferentes”, dice el anfitrión, pero sus palabras son nulas en la mente de “L”, de loco, pues en lo único que piensa es cómo un vozarrón tan grandioso hace parte de alguien tan insignificante como ese hombrecillo.
Un hombre vestido de negro se acerca y le sirve un vino tinto en una de las siete copas que adornan su puesto. Lo huele, siente como ese olor dulzón llega hasta su estomago y aparece esa necesidad de tomarlo, despacio, muy despacio. Recuerdos, aparece el recuerdo de un viejo amor y de sus ojos nacen pequeñas lágrimas, que mueren al final de sus mejillas. Toma aire, se para y levanta su copa, diciendo: “España, ahora cualquier hombre con su corazón roto diría que es culpa tuya por sonar a mujer y juraría que no podría ahogar sus penas en el vino que corre por tus venas, por ser un atroz veneno para su alma”.
Se vuelve a sentar. Los demás participantes lo miran como si fuera un loco, lo irónico es que sí lo es. Llega de nuevo el hombre vestido de negro y sirve la segunda copa. La huele, la saborea y siente ese nudo en la garganta que se forma cuando se ha perdido un amor. “Argentina, llegas bruscamente, sin preguntar, y destruyes la tranquilidad que albergaba en los pensamientos. Ya inquietos, no concilian el sueño, sueño que alimentabas con tus brisas de tango y sabor a Palermo”.
Los asistentes lo miran desconcertados. Algunos sonríen, otros mueven su cabeza con desaprobación. Llega de nuevo el hombre vestido de negro y sirve la tercera copa. Cuando se prepara para oler el vino, dos manos atrapan las suyas, haciendo que la copa se le escape de sus dedos. Todas las personas voltean a mirar. Ven a dos enfermeros levantando al hombre de abrigo, camisa y pantalones blancos y sin zapatos.
De la multitud aparece una voz delicada. “Déjenlo terminar” y a estas palabras se les suman otras que piden lo mismo. Los enfermeros se encojen de hombros y dejan en libertad a “L”, de loco. El hombre vestido de negro le entrega una copa de vino. Él la huele, cierra sus ojos y sonríe, como un enamorado al frente de su amada. “Italia, tus cafés cargados de recuerdos, llenos de tomadas de mano a escondidas, de besos robados y tiernas caricias, se desvanecen en la memoria como tristes velas encendidas que se niegan a admitir la ineludible realidad”.
La dueña de esa vocecita se levanta y comienza a aplaudir. Uno por uno de los invitados se deja contagiar por ella, “L” hace una venía y sale sonriendo del local, pues qué culpa tiene él de estar loco de amor.

La cata del loco (versión 28)


Un loco se ha escapado de un manicomio. En su deambular sin rumbo entra en un local. Se celebra allí un concurso de catadores de vino, todos lo miran con una expresión contenida, llevaban más de veinte minutos esperando a que apareciera el último concursante. Una señorita ataviada con el traje típico del lugar se le acercó con la mejor de sus sonrisas para comprobar el nombre del catador que faltaba - ¿El señor Antúnez? – sin dejar que éste respondiera, le indicó el lugar que debía ocupar para comenzar el concurso y tachó en su listado el nombre del supuesto Sr. Antúnez, éste se coloca rápidamente en su puesto y comprueba con satisfacción las botellas de vino y la hilera de copas transparentes colocadas ante él.

Tras una breve presentación, pues ya iban con bastante retraso, comienzan a servir el primer vino, el loco miraba con mucha atención y esperaba con ansiedad a que le llegara el turno de la botella nº 1, era un vino blanco dorado ¡tenía pinta de estar bueno!, la boca se le hacía agua solo de pensarlo, entonces comprobó que los compañeros que ya tenían el vino en su copa, lo olían con mucho esmero pero no se lo bebían, luego la levantaban sosteniéndola por el pié, entre el pulgar y el índice, la alejaban y la miraban con detenimiento, - estos tíos son tontos – pensó – mira y ahora le dan vueltecitas ¿a que lo tiran? ¡ vaya un hatajo de inútiles !, ya verás cuando me toque a mí, se van a quedar boquiabiertos, ¡yo no me ando con chiquitas!
A continuación comprueba que se acercan la copa a la boca y tragan una pequeña cantidad del dorado vino, le dan vueltas y vueltas, como si lo masticaran, y luego lo escupen en una caja, apoyada en el suelo y forrada con plástico –bueno lo que me faltaba por ver - ¿pero de donde los han sacado? – ¡mira que escupir el vino y encima ponen cara de extasiaos! - ¡madre mía como está el mundo! - acto seguido y pluma en mano observa que se disponen a escribir notas en unas hojas que tenían dispuestas sobre la mesa, el loco seguía cavilando – bueno, menos mal que van entrando en cordura, seguro que están escribiendo lo que les apetece comer, porque digo yo que ahora traerán algunos aperitivos para acompañar, porque así a palo seco, aunque a mí me da igual.
Por fin le llega el turno, como al resto de los catadores le sirven la medida correspondiente, - ¡oye, perdona, con esto no tengo ni para empezar!, ¿con todas las botellas de vino que hay y me pones esta miseria? -, se hace un silencio sepulcral, todos los asistentes vuelven la cara hacia él, no pueden creer lo que están oyendo, el loco se siente acorralado y les devuelve una mirada aterradora: los ojos desencajados; la boca en una extraña mueca; los brazos en alto, golpeando al aire... la gente asustada no sabe qué hacer, un gran murmullo, invade la sala, alguien corre despavorido y tropieza con la mesa, las botellas y las copas comienzan a caer, algunas se rompen al chocar contra el suelo, la mezcla de aromas inunda el ambiente, la algarabía es total… De pronto, a voz en grito, el loco exclama -¡es la primera vez en mi vida que me encuentro con una fiesta tan cutre como ésta¡ ¡no sabéis divertiros, estáis todos como cabras! - menos mal que soy capaz de mantener la calma ante las situaciones adversas, y dando un portazo salió del local.